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Uno
El carro se paró en la cuesta y Reme se despertó porque había dejado de moverse.
Tenía la cara contra el saco de las patatas y la manta de su madre por encima hasta las orejas. Lo primero que vio fue la nuca de su padre, con el pelo cortado a cepillo y la raya blanca que le dejaba la gorra, y por encima de la nuca el cielo, que ya no era negro, sino del color del agua de fregar. La mula sacudió la cabeza. Su padre se bajó, se fue a la cuneta, se puso de espaldas y se quedó un rato quieto con las piernas abiertas. Del suelo subía un vaho.
Pablo iba sentado delante, en el pescante, con las riendas en la mano, como un hombre. Se volvió y la vio despierta. Le hizo lo del padre: se caló la gorra hasta las cejas con dos dedos, bajó la boca por las esquinas y puso los ojos de la mula cuando no quiere andar. Reme se rió con la cara en el saco.
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El padre volvió, se subió, le quitó las riendas a Pablo sin mirarlo y siguieron.
Habían salido de noche. De eso se acordaba a trozos: su madre en la puerta con el candil; su madre atándole el pañuelo por debajo de la barbilla, demasiado fuerte; su madre metiéndole en el hatillo una hogaza de las de casa, la oscura, la de corteza dura que había que mojar, y dos chorizos y una cosa envuelta en un trapo que no le dejó ver. La mano de su madre en la cara, áspera de la leña. Luego nada, porque se había dormido antes del puente.
No sabía adónde iban. Sabía que era lejos, porque llevaban la mula y no el burro, y porque le habían puesto los zapatos de la prima Encarna, que le estaban grandes y que nadie se ponía para ir cerca. Sabía que era por los oídos, porque desde el verano todo el mundo le señalaba las orejas: el cura, la de la tienda de abajo, el hombre de la bata que vino un día en un coche negro y se puso detrás de ella y le dio palmadas junto a la cabeza, que ella notó solo por el aire, y luego le dijo algo a su madre que hizo que su madre se sentara en el escalón. Y sabía que Pablo lo sabía, porque desde el domingo Pablo no la miraba a los ojos más que para hacer tonterías.
Bajaban. El camino se iba abriendo y los montes se iban quedando detrás, más azules a cada vuelta, y aparecían cosas que Reme no había visto nunca: un pueblo entero con las casas pintadas de blanco, una tapia larguísima con letras, un hombre en bicicleta que les adelantó con un saco a la espalda y que se volvió a mirarlos como si los raros fueran ellos. Un perro de color canela les salió de una era y se puso a andar detrás del carro. Pablo le tiró una piedra pequeña sin ganas de darle. El perro siguió. Siguió una curva, y otra, y en la tercera se sentó en mitad del camino y se quedó allí, mirándolos irse, y Reme lo estuvo mirando hasta que fue un punto y luego nada.